Cuando el amor se sostiene principalmente en el miedo, deja de sanar y comienza a controlar.

Cuando el amor se sostiene principalmente en el miedo, deja de sanar y comienza a controlar.

Escrito por Sociedad Bíblica Colombiana | Jan 29, 2026 3:12:48 PM

Cuando el amor se sostiene principalmente en el miedo, deja de sanar y comienza a controlar.

Febrero vuelve a hablarnos del amor. 
Como si fuera algo evidente. 
Como si amar fuera algo que sabemos hacer bien. 
Como si bastara sentir para no herir. 

El calendario se llena de gestos intensos y palabras grandes que prometen que el amor verdadero es sencillo: que quien ama nunca duda, nunca se cansa, nunca tiene miedo. Pero la experiencia, también dentro de comunidades de fe, suele contar otra historia. 

Muchas personas aprendieron a amar con dificultad. 
A amar cuidándose de no perder. 
A amar quedándose cuando ya no era sabio quedarse. 
A amar callando lo que dolía para no quedarse solos. 

Sin darnos cuenta, confundimos amor con aguante 
y fidelidad con silencio. 

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Esa forma de amar no solo marcó nuestras relaciones. 
También moldeó, en muchos casos, nuestra relación con Dios. 
Empezamos a vivir la fe con miedo a fallar, con ansiedad por decepcionar, como si el amor de Dios dependiera de nuestro desempeño y no de su fidelidad. 

En la Biblia, el amor no se presenta como una emoción desbordada ni como una fuerza ciega que todo lo justifica. Amar incluye confiar. Amar implica verdad. Amar supone libertad. Y el amor que viene de Dios no encierra ni manipula: llama, invita y transforma sin forzar. 

Conocer el amor de Dios transforma la manera de amar. La Escritura no romantiza el amor, lo revela.
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Los relatos bíblicos no romantizan el amor. 
Lo muestran atravesado por espera, por conflicto, por pérdida. 
Y, aun así, dejan ver un rasgo constante: el amor que nace de Dios convoca, propone y forma, pero no controla. 

Jesús ama de esa manera. 
Llama, invita y deja elegir. 

En el Evangelio de Juan, cuando muchos discípulos se retiran porque su enseñanza se vuelve difícil, Jesús no los persigue ni los retiene. Se vuelve a los doce y pregunta: 
“¿También ustedes quieren irse?” (Juan 6:66–67). 

El amor no se impone. 
Se ofrece. 

El amor que Jesús muestra se aprende caminando con Él. Acompañar a Jesús en los Evangelios nos enseña a amar sin miedo, sin imposiciones y sin culpa. el amor de Dios transforma la manera de amar. La Escritura no romantiza el amor, lo revela. 👉 Encuentra herramientas para entender mejor los evangelios aquí

Ese amor puede conducir incluso a la incomprensión y a la soledad. No promete comodidad. Promete verdad. Y por eso duele. Pero también por eso puede sanar. 

Muchas heridas profundas nacen, en algunos casos, de formas de amor confundidas: amores que exigían silencio, que llamaban sacrificio a desaparecer, que confundían control con cuidado, que invocaban a Dios para sostener relaciones que ya no daban vida. 

La Escritura es clara en este punto: el amor que viene de Dios no se sostiene en el miedo. 
La primera carta de Juan afirma que “el amor perfecto echa fuera el temor” (1 Juan 4:18). En su contexto, el texto se refiere al temor ligado al juicio; aun así, señala un principio mayor: cuando el amor de Dios madura, deja de gobernar la relación desde el miedo. 

Febrero nos invita a una pregunta honesta y necesaria: 
¿desde dónde estamos amando? 

Amar libremente no es amar menos. 
Es amar sin miedo. 
Es amar sin culpa. 
Es amar sin la necesidad de controlar para no perder. 

Amar en libertad no es amar sin límites; es amar sin manipulación. 

Esto no significa que el amor auténtico esté libre de toda ambivalencia o temor humano. Pero, una cosa es que el amor tenga miedo; otra que el miedo lo gobierne. 

Jesús amó desde la libertad. 
Y esa forma de amar, que llama, que respeta, que no retiene, sigue siendo el llamado. 

Febrero no termina con una promesa fácil. 
Termina con una pregunta que ordena el corazón: 

¿qué parte de nuestra manera de amar sigue gobernada por el miedo 
y no por el amor que revela Jesús? 

Nos vemos en marzo. 

Un paso para hoy también puede comenzar en la Palabra. Escuchar, orar y leer son formas de amar mejor.
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Un paso para hoy: escucha sin interrumpir a alguien que amas, no para responder, sino para comprender. 

Oración: 
Señor, ordena mi manera de amar. 
Sáname de los miedos que deforman el amor. 
Enséñame a amar con verdad, 
con libertad 
y con gracia. Amén.